2006-06-12

“Narigón”, música y letra de Daniel Melingo.

Mientras escucho el tema “Narigón” de Daniel Melingo empiezo, casi inconscientemente, a hacer una lista imaginaria de los “narigones de mi vida”.

Por los pagos de mi barrio
había un tipo que se las daba de guapo,
pero su mente estaba revirada.
Le decían el narigón...”


El primero de todos, mi primer amor. Mi padre. El no era coquero como el narigón de la canción, pero sí un fumador empedernido que murió de cancer al pulmón y con un cigarrillo en la comisura de sus labios.
Antes de que eso ocurriera yo le agradecí a él - de todo corazón - el haberme dado al menos la mitad del billete de ingreso a la más importante de todas las funciones...
Recuerdo que él, lleno de vida, soñaba despierto con estar vivo para el cambio de milenio. Le faltó más de una década para realizar su sueño pero como nunca dijo nada en su lecho de moribundo, ignoro si en ese momento lo lamentó. Creo saber que él no quería morir – entre otras cosas y esto lo sé a ciencia cierta – porque él dejó otro de sus sueños sin realizar.



Mi padre me dejó definitivamente durante uno de los tres períodos más importantes de mi vida. Alrededor de un año antes de su muerte ambos habíamos estado afectados por el mismo mal y al mismo tiempo. Nos diagnosticaron entonces una inflamación muscular que nos impedía mover el brazo izquierdo amén de borrar de nuestros labios de fumadores nuestra típica sonrisa. He tenido dos de esas inflamaciones en mi vida y cualquiera de ellas fue más dolorosa que cualquiera de mis tres partos, pero las dos juntas fueron la nada misma comparadas con los dolores que él sufrió en sus últimos momentos.

Mis músculos jóvenes de entonces se recuperaron rápidamente, pero no así los de él que recibieron su sentencia de muerte poco después que yo rebeldemente sentenciara que nacería mi segunda hija – a pesar de que los médicos la daban por perdida.

Muchas veces me pregunté de qué manera sellarían a mi hija, estas – sus primeras circunstancias. Mientras yo acariciaba la mano inquieta de mi padre, rebelde como siempre fue, aunque a ratos entregada a su derrota inminente, Amanda marcaba dentro de mi su firme decisión de llegar a este mundo, sana y salva, un mes y cinco días después la muerte de su abuelo materno.

Han pasado casi 17 años desde entonces...

A ella, que ha regresado reciéntemente de California donde eligió irse a vivir hace un año atrás para perfeccionar su inglés, le he regalado el billete que le dará derecho a disfrutar los tres días que durará Hultsfredsfestivalen – el festival de música más importante de Suecia que se realiza todos los años en el mes de junio.



El segundo narigón era un señor "muy mayor" que debe haber tenido los casi cincuenta que yo tengo ahora cuando lo conocí superficialmente durante mi temprana juventud. Su nombre no lo recuerdo pero sí algo que me dijo en una oportunindad muy puntual... “Mayita, de la fiesta hay que saber retirarse cuando esta está en lo mejor, después – siempre viene el declive”.

Era dificil, ¡pero cuánta razón tenía!

Su nariz era enorme, una masa roja amoratada que podría haber distraído a cualquiera, pero no, no era así. Cuando el señor narigón hablaba, todos lo escuchaban ya que él era un hombre carismático y de gran autoridad.

Al alejarse de mi después de cada encuentro – siempre casuales y fugaces – lo hacia canturreando...

“ ...El amor es torbellino de pureza original,
hasta el feroz animal susurra su dulce trino.
Detiene a los peregrinos, libera a los prisioneros.
El amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño.
Y al malo sólo el cariño, lo vuelve puro y sincero... ”
(Volver a los 17. Violeta Parra)



El tercero es un narigón chanta (lunfardo: insolvente moral). Un delincuente emocional ya que se nutre a consciencia y metódicamente de los afectos que despierta – si no con la violencia que suele usar el delincuente común – a fuerza de patrañas al cual chanté, a la hora del desengaño, con las dos mejores bofetadas de mi vida. A este chanta - que también canturreaba – no le cobraré nunca los cincuenta euros que ofrecí prestarle en Barajas cuando estaba perdiendo el avión por no tener solvencia, económica en esta ocasión, para validar el billete que le permitiría cruzar el charco y que él aceptó condicionando absurdamente, con que yo le permitiera reembolsármelos en cuanto él llegara a Chile. Fue uno de sus amigos, que regresaba en el mismo vuelo, el que días antes me había dado la clave para terminar de desenmascararlo. Quiero ser justa a pesar del desprecio que siento por este espurio, por esa razón agrego que aunque esta no fue esta la única deuda económica que él contrajo conmigo, que no saldó; es la única que yo considero deuda. Por lo demás el siempre, al igual que yo, actuó muy generosamente con la moneda. Quizá sea más exacto decir que ambos actuamos correctamente en ese sentido.

No se si el señor de la naríz con huellas de viruela lo haya sido, pero tanto a mi padre como al chanta se les puede describir como mentirosos notorios. No se cual más – si mi padre que lo fue o el chanta, que aún lo es – pero conversándolo con mi madre, que dicho sea de paso es la transparencia misma, llegamos a la conclusión que en este caso se podría aplicar el cliché: “Todo tiempo pasado fue mejor”.

Algunos meses antes de que mi padre y yo nos enfermáramos tuvimos, por iniciativa mia, nuestra única conversación de igual a igual. En esa oportunidad le dije todo lo que quería decirle y él, dando muestras de su gran talento, supo escucharme con cara de punto suspensivo hasta que yo puse el punto final dándole las gracias que le correspondían por haberme dado el billete principal. El de acceso a la vida.

Acabo de empezar a leer el libro, recientemente editado en sueco, “Mi vida hasta ahora” de Jane Fonda. Me lo prestó con vehementes recomendaciones el gran amor de mi vida, cuya franqueza y honestidad son indiscutibles y que cuya naríz, sin ser pequeña, no se clasifica para esta lista; mi ex esposo. A él se lo regaló Jane Fonda misma con un corazón entre su nombre y el de él a modo de dedicatoria después de haberse conocido en... Al ver el corazón que ella dibujó tuve una fuerte corazonada...

En la tercera página del prólogo ella dice lo que me llevó a suspender la lectura y sentarme a escribir.

“... Mi padre yacía en su lecho de moribundo. Yo acostumbraba a sentarme a su lado largas horas y desear que él hablara conmigo; que me dijera algo de lo que pensaba y sentía mientras acunado por la muerte se alejaba de nosotros hacia la eternidad. Nunca lo hizo.”

Cuando yo era niña oí muchas veces que al que mentía le empezaba a crecer la nariz. ¡Qué gran mentira!

Soy una convencida de que lo único que crece cuando uno miente, es la distancia entre uno mismo y los demás. Y como acotaron algunos buenos amigos con los que conversé el tema - crece, lo que es peor aún, la distancia entre "uno mismo y uno mismo.”


Y de Daniel Melingo sigo oyendo:

“...Narigon Compadre - Que hiciste de tu sangre?
Narigon compadre - Malevo de pacotilla
Narigon Compadre - Aprende de una vez a darle
Narigon Compadre….”

2 comentarios:

GATO ROMANO dijo...

Es la genernta de Líder que, además, sale en un comercial espantoso en que, perspectiva de género mediante, esta cadena de supermercados se aprovecha del rol de la mujer y que, como correlato, tiene el discurso feminista chanta de la Bachelet.

Pd: Me encanta Melingo.

GATO ROMANO dijo...

Solo pa´l oido. Pero me gusta demasiado el tango.